A-dioses, besos y abrazos, palabras finales que dejan esa sensación de incompleta despedida al expresar lo último que podría desear decirle a alguien que se va. Muchas palabras y emociones que recorren el cuerpo, el corazón y finalmente la mente.
Todo comienza con la primera idea de la partida, armar maletas y a su vez a desarmar los vestigios de una vida en común aquí. Guardar las ilusiones y expectativas que venían en las maletas de cada uno, para valorar en algún otro minuto. Si hay más espacio en ese equipaje será para cada sonrisa, imagen, paso y caída que se dio en este territorio; dulces, amargos, tristes y a veces molestas son esas reminiscencias de un año de aventuras.
Aprendizajes deben existir mas de los que hoy se puedan contabilizar, la excusa siempre fue la beca, la motivación es un mar de preguntas y búsquedas.
Para el que se queda, la imagen es diferente y a la vez similar, buscar en algún rincón de este lugar llamado casa, espacios donde volver a encajar las emociones, los miedos y las nuevas aventuras que aparecerán.
La tristeza inunda cada habitación vacía, dejando olores conocidos, sabores compartidos y ecos de algún secreto de confesión que no puede estar mejor guardado en estas paredes.
Un año que vivimos desde la propia experiencia y las aventuras en común.
Se cierra un ciclo y se pasa, con ello a nuevas energías. Se recicla y decanta todo lo observado, lo dicho y lo no dicho aún más. Es el duelo entre la ausencia de personas, palabras y sonidos, contra la necesidad de un otro que aparezca para compartir su vivencia con la propia. Dejando ir con ello la nostalgia de tiempos de no volverán y trayendo la alegría de saber que es así, por salud, por crecimiento y por último la necesidad de buscar algo aún mejor.

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