Mirar, esperar, observar y observarme dentro y fuera, es el
ejercicio del último tiempo. Reconozca ud, cuál será el propio, pero por mi
lado solo queda dar gracias y llorar de alegría, que sin lugar a dudas es mas
estremecedor que los llantos de tristeza.
Una lágrima de alegría tiene sabores encontrados y caminos
divergentes. Esas lagrimas del
reencuentro y de la madurez son esas, las que me recónditamente aparecen y su
aparición marcan un antes y un después en la forma de ver ese mundo que te
rodea y a quienes rodean tu mundo.
Abrir los ojos y dejarlas caer significa abrir el corazón y
las emociones, brotan como pequeñas hojas en primavera y dejan esa huella en su
camino. Cuando ellas comienzan a salir, la rama que las sostiene cambia, el
árbol que las contienen se hace mas pulcro, mas colorido y mas orgulloso de su
propia libertad y belleza.
Después de sanar y recomponer todo lo que había allí dentro,
de limpiar las heridas, provocadas por la vida, el viento y quienes en algún
minuto intentaron botar su tronco. Aparecen las nuevas hojas y los nuevos
frutos de un recomenzar, y renacer. Esa sensación de libertad y alegría que inunda
los ojos de lágrimas emotivas. Más intensas que la propia tristeza de hace años
y más sutil que un suspiro, pero con toda la energía de ese ímpetu del que se
lanza desde el borde de un puente al vacío con las manos y brazos abiertas a
coger el mundo que lo afirma con el aire y su viento que lo atraviesa.
Como hace dos noches hablaba con una argentina amiga, las
certezas son pocas, y dentro de las incertidumbres hay una que es mas potente
cada día, juegues o no juegues en esto que se llama vida, dolor vas a sentir,
alegrías también, son inevitables, pero mas sabrosas son ambas cuando tienes la
satisfacción de haberte lanzado desde ese puente.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario